8 ene. 2011

LA RENUNCIA

Foto: Rafael Asín
Borró con sus lágrimas el rastro de las caricias que ataban su fantasía a un profundo deseo, en ocasiones blanco. Estaban hechas de sombras azules, como las ensoñaciones que roban el color a las mariposas. Cuando tomaba conciencia de ello, se revolvían, picoteando sus ojos como cuervos violentos hasta sangrarlos. Había pasado el tiempo suficiente para deducir que aquello era un hábito dañino, una táctica de supervivencia que, como una droga dura, cada vez exigía más dosis pero ignoraba cómo conseguirla.

Con la imaginación tomó aquel ramillete de caricias, lo metió en un sobre con ribete negro y lo tiró por la ventana. Había empezado un nuevo año. Quería deshacerse de aquel cuchillo cotidiano de incertidumbre, cada día, desde el amanecer, llegaba como un ave de rapiña y sobrevolaba en círculos su memoria, tal vez, todo eran creaciones suyas... Se autodiscursaba con parrafadas freudiana alusivas a carencias, también Lacan –añadió- abogaría por maquinaciones inconscientes para no dejarme perder la sonrisa ni la juventud, todavía...

Había escrito algún e-mail que después borraba, esta vez necesitó materializarlo a modo de conjuro improvisado. Escribió con bolígrafo de puño y letra en un post-it verde, después hizo un avioncito y lo tiró al vacío de la calle. S
e tambaleaba entre las ramas secas, lo vio perderse lentamente, balanceándose hasta que aterrizó en un árbol al abrigo de un nido. Hacía un cierzo extraño que no inmutaba a la niebla y el suelo estaba mojado. Sin duda, caería sin tardar y se desharía entre las pisadas de los viandantes, esparciéndose entre los zapatitos de colores de los niños que, aquella mañana de Reyes, irían a visitar a sus familiares a ver los regalos que les habrían traído los magos. 

Su renuncia fue decidida, a pesar de que siempre creyó que las renuncias había que firmarlas después de poseer el objeto deseado en cuestión, aunque fuese tan sólo una vez... Entonces se sabía a qué se renunciaba, nunca antes pero ya no cabía otra opción, había que seguir viviendo... guardaría el recuerdo en su museo privado, en la trastienda del corazón, junto a los demás tesoros: trocitos de cristales que semejaban gemas, piedras agujereadas o con forma de corazón, caracolas nacaradas, alguna que otra hoja roja y pétalos todavía perfumados, retazos que coleccionaba de siempre y que de vez en cuando contemplaba.

Aunque nunca lo recibiese, fue su regalo de cumpleaños para él.

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