7 abr. 2011

A UN ASCETA

Aquella tarde
-igual que otras anteriores
coleccionadas, perdidas,
en el Olimpo del recuerdo-
como una rosa negra
flotabas en el viento.

Aún quedaban tus crines agitadas
de caballo evanescente árabe.
Apresabas sin pretenderlo
la característica más preciada:
su fuerte y delicada rareza.

Expropiado del lodo,
quemado en mil hogueras
de otro tiempo.
Enterrado quizás en las cenizas
del terremoto de Pompeya,
no sé...
pero de pie e indemne.

Te conozco, fuiste serpiente
antes que ave
como yo, como todos.
Escrito está
que sin dientes no hay palomas.
Y las alas nunca hacen un ser
completo, compañero.

Querías averiguarlo,
subir por la escalera
hasta la mansión de las nubes
y quedarte a vivir
 en la cumbre, entre las nieves.
¡Pero que precio pagaste en el camino!
¿quizás abandonar la fiebre que hace vibrar
las cuerdas del arpa?

Si aún puedes atraparlo
protege el fuego.
Si él te acompaña,
tal vez aún beses en la boca
con el aleteo
de las mariposas en primavera.

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