8 jun. 2013

ANÁLISIS: "EL FUEGO DE LAS SOMBRAS" POR SERGIO GÓMEZ


Hay poesía porque hay muerte.
No nos damos cuenta de que al nombrar la muerte nombramos la vida. Tener conciencia de la muerte nos ayuda a tener conciencia de la vida. Y la poesía se hace con el material de la vida, con el tiempo que hemos vivido. Los poetas hacen uso de él como objeto y como instrumento. Fijémonos en un maestro, Antonio Gamoneda. Para él su poesía se hace con y gracias a la perspectiva de la muerte. El poema intensifica la vida. Aunque pueda hablar del sufrimiento su objetivo es proporcionar un placer que haga más intenso lo que vivimos o lo que hemos vivido y ahora tenemos en el recuerdo. “La poesía intensifica mi vida y yo vivo esta intensificación como una forma de placer”, nos dice. Si fuéramos físicos crearíamos la siguiente fórmula: Poesía=tiempo=placer. Poesía es, por lo tanto, tiempo y es y se hace por placer.
Esta introducción tenía el fin de toparme con los elementos del libro de Anaís Pérez Layed:
1)      Placer
2)      Poesía
3)      Tiempo.
El fuego de las sombras está dividido en dos partes, el fuego y las sombras. Creo que los dualismos no suelen ser muy explicativos de lo que somos. Por suerte o por desgracias somos más complicados que una tesis y una antítesis, somos difícilmente entendibles bajo conceptos antagónicos. No obstante, en el fuego de las sombras ambas partes se complementan, dialogan, se auxilian y acaban dando una visión conjunta de lo que el hombre es y vive. La división es inteligentemente difusa, equívoca.
La mayoría de los poemas referidos a los dos primeros temas se encuentran en El fuego, primer apartado del libro. El fuego, además, uno  de los cuatro elementos de la naturaleza, es un símbolo ambivalente. Contiene en él tanto el poder de generación como de destrucción. Es movimiento continuo, arkhé o logos para Heráclito, motor de cambio, elemento esencial para la vida. Se incendian los campos para quemar mala hierba y poder sembrar la buena. En ocasiones hace falta quemar, destruir, para comenzar. Así comienza el libro, con un nacimiento, en un poema que está situado en el lugar exacto, como puerta para todo el poemario. Se trata de Llegada:
Nazco ahora/ con este viento que electriza mi pelo/ en una órbita iluminada de rayos.
También es símbolo de castigo y de pecado, el fuego puede ser el del infierno. Esto nos hace asociarlo al calor, a la pasión y al placer. Hay, en este sentido, varios poemas con temática amorosa o sexual. Son poemas que apelan a los instintos que me inflaman, como dice la autora;  llenan el papel de llamas, Me basta el bosque ardiendo y recuperan la vida e incluso la infancia, En el sagrado enigma del encuentro/ siembra los poros de mi piel/ para que broten/ _entre los helechos_/ las miradas de niña que perdí.
Otro placer es el de la poesía. Los poemas dedicados a ella aparecen entrelazados junto a los del placer sexual y el amor. En ocasiones, incluso, se juega a la ambigüedad entre ambos temas, algo que es un gran acierto desde mi punto de vista, ya que juega con el lector y hace que el lector juegue. Es el caso de poemas tan deliciosos como Aguacero o La puerta huérfana. En este tipo de textos vemos que la poesía es una búsqueda y un descubrimiento para Anaís. Me consta que es también obsesión hasta el punto de convertirse en vicio o enfermedad. En este libro vemos una poeta que se va haciendo en el poema, se va conociendo, descubriendo sus límites, trazándolos en tanto que los transgrede. El poema es una aventura donde todo es posible, donde todo sucede:
 Y como un conjuro/ brotarán las palabras/ de la salvia. Aquí todo es posible.
Se consuma el nacimiento, el alumbramiento de una persona que se realiza y se desnuda a través de la palabra, pierde su santidad y se renueva. Comienza la verdad, se ha acabado la espera: ¡Ya llegó el tiempo que esperaba! Exclama
El libro surge tras una estancia de Anaís en la casa del poeta en Trasmoz. Eso explica que la naturaleza esté presente en todo el poemario, pero sobre todo en los poemas que hablan del placer. La naturaleza es un placer más, la que ve a través de la ventana desde el retiro en que escribe pero también la que llega desde el recuerdo o gracias a la imaginación. La naturaleza forma parte del poema y de la poeta. Penetra en ella:
Las plantas trepan/ entre las piernas de los árboles/ se clavan en mi piel/ y acarician mi estómago.
Pero al lado del fuego están las sombras: la sombra. El fuego es el foco que crea la sombra, que la hace posible, como en la caverna platónica. Es la otra parte de lo lumínico, el otro lado. Al lado del placer, del atrevimiento y de la vida entendida como gozo está la conciencia del tiempo, el pasado como una dificultad a vencer, el sentimiento de estar acabado antes de comenzar, el miedo, el dolor que se amontona y crece:
La asfixia del pasado en la garganta/ que se agolpa en la puerta/ como un montón de nieve.
Los poemas dedicados a las sombras son sencillos y certeros, contundentes. Nos hablan de pájaros dormidos que se encuentran en el lecho, de puertas que se cierran, de sangre en la cresta de las olas.  Las sombras aluden al doble de los hombres. Tradicionalmente la sombra se ha entendido como el alma, como aquello que se vende al diablo en leyendas. La sombra nos identifica. Así, sacando la cabeza entre los versos que hablan de los recuerdos y del tiempo aparece el yo, cuestionándose, mirándose, buscándose sus límites como en un poema que quiero destacar, El gato.
La razón de apelar al placer, al fuego, es vencer la sombra, los días oscuros, la pulsión de muerte. La razón de apelar a las sombras es conocerlas, re-conocerlas, para acometer la tarea del fuego, de la vida. Aquí se funde el dualismo del que hablábamos al principio.
Vivimos porque sabemos que vamos a morir, cada vez que vivimos vencemos a la muerte y paradójicamente nos acercamos a ella. El placer nos salva, nos salva de la muerte. Anaís nos dice que define la sombra y la incendia.
Salvarse, esconderse en el trance/ del eco de la risa,/ sobornar percepciones,/ disfrutar del calor de otro cuerpo.
Esta magnífica poeta nos invita además a acompañarle, a través de sus poemas, en ese bautizo, en esa salvación. Nos invita a fugarnos con las palabras.
¡Cálzate mis palabras y escapa!/Ellas regresarán, más tarde,/ a rastras por el barro,/ como pétalos heridos,/ como niñas llorando, a casa.
Muchas gracias Anaís por esta invitación, por tu fuerza y por toda la honestidad y el compromiso personal con que tratas la poesía y, por tanto, a tus lectores.

                                                                                                                   Sergio Gómez                                                                                                        

  
       

2 comentarios:

Anaís Pérez Layed dijo...

Mil gracias Sergio por ahondar entre los versos hasta racionalizarlos y hacer mi poesía más transparente con tu análisis.

Un fuerte abrazo

Sergio Gómez dijo...

Fue un gran placer leerlo y una gran satisfacción que te haya gustado el análisis. UN abrazo.